Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Para que la visita fuera lo menos importuna posible dejaron el coche en el portillo de la carretera y anduvieron a pie el camino uno al lado del otro. Segada la maleza de mimbres, pudieron ver, mirando por entre los tallos, el lugar en que Clare la instara con tanto ardor a que consintiera en ser su esposa; a la izquierda, el paraje en que ella se sintiera fascinada por los ecos de su violín, y a lo lejos, más allá de los establos, el prado que fue testigo de su primer beso. El oro del estival panorama se había vuelto gris, empalidecido los matices y humedecido el suelo.

Por encima de la verja del tinado los divisó Crick y les salió al encuentro, con aquella cara maliciosa y alegre con que los de Talbothays solían acoger a los recién casados a la vuelta de su luna de miel. Luego salió de la casa la señora Crick, acompañada de varias mozas, aunque no de Marian ni de Retty.

Tess afrontó con denuedo las maliciosas bromas y amistosos donaires, que hacían en ella un efecto muy distinto del que los otros pensaban. En el tácito acuerdo de no revelarle a nadie el secreto de su separación, se condujeron uno y otro con toda discreción. Y aunque hubiera deseado Tess no oír hablar del asunto, tuvo que escuchar luego con todo lujo de pormenores la lamentable historia de Marian y Retty. Esta última se había ido con sus padres y la otra a buscar trabajo lejos de allí. Temían que Marian acabara mal.


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