Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Y la muchacha rompió en llanto desgarrador, golpeándose la frente, desesperada.

—¡No lamentes ese acto insignificante de justicia tributado a una ausente! Izz, no lo eches a perder ahora con remordimientos.

Se serenó ella un poco.

—Tiene razón. Yo tampoco sabía lo que me decía. Comprendo muy bien que entre nosotros no puede haber nada… Usted ya tiene su mujer…

—Es verdad… Una mujer que me quiere…

—Sí, que le quiere. ¡No se puede negar!

Llegados al cruce de los caminos por el que pasaran media hora antes, se apeó Izz.

—Izz, te ruego que olvides mi momentánea ligereza… —exclamó él—. ¡Fue un desatino!

—¡Olvidarla, jamás! Para mí no ha sido ligereza.

Comprendió Ángel cuan cumplidamente merecía el reproche que entrañaba aquella amarga exclamación, y con angustia indescriptible saltó del coche y le cogió la mano a la muchacha.

—Bueno, pero de todos modos, Izz, debemos separarnos como buenos amigos. ¡No sabes cuánto he tenido que sufrir!

Era aquélla una buena muchacha y no volvió a dirigirle al joven ninguna recriminación que hubiera amargado la despedida.


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