Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Siguió él su camino, pero no Izz; no bien lo hubo perdido de vista se dejó caer en el suelo, presa de angustia infinita, y ya muy avanzada la noche entró en su casa con el semblante profundamente demudado. Nadie pudo saber nunca en qué empleara las horas que mediaron entre su despedida de Ángel y la llegada a su casa.
También Ángel, después de separarse de la muchacha, se sintió acometido de crueles pensamientos que le hacían temblar los labios. Pero la causa de su dolor no era Izz. Aquella tarde estuvo a punto de desistir de su itinerario con dirección a la próxima estación ferroviaria, para cruzar la elevada columna vertebral del Wessex que le separaba del hogar de Tess. Y si no llegó a hacerlo no fue ciertamente por desprecio a la condición de su mujer ni al presumible estado de su corazón.
No, lo hizo por la clara conciencia de que, a despecho del amor que ella le tenía, corroborado por la sincera declaración de Izz, no habían cambiado lo más mínimo las circunstancias. Y el impulso que le lanzara a aquella determinación persistía en él, manteniéndole en el rumbo emprendido, a menos que viniera a desviarle de él una fuerza más eficaz e ineludible que la que aquella tarde le atacara. Aquella noche tomó el tren que le llevaría a Londres, y cinco días después estrechaba las manos a sus hermanos, que habían ido a despedirle al puerto de embarque.