Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Llegó a Chalk-Newton y almorzó en una venta donde había algunos jóvenes que hicieron observaciones lisonjeras sobre su buen parecer. De algún modo eso la hizo sentir bien, pues pensó que acaso su marido volviera a decirle cosas semejantes. A pesar de lo cual hizo por mantener a raya a aquellos circunstanciales adoradores y a los que pudieran presentarse en lo sucesivo. A este fin resolvió Tess suprimir de una vez los peligros que pudiera acarrearle su aspecto. Tan pronto como salió del pueblo se internó en una espesura y sacó de su cesta uno de los trajes de lugareña más viejos, que ni siquiera había llegado a ponerse en la lechería y que databa de cuando estuvo trabajando la tierra en Marlott. Tuvo además la feliz ocurrencia de sacar un pañuelo y atárselo a la cabeza, por debajo de la capota, cubriéndose con él la barbilla, las sienes y buena parte de la cara, como si le dolieran las muelas. Luego, con sus tijeritas, y mirándose en un espejito de bolsillo, se recortó sin piedad las cejas, y asegurada así contra toda admiración agresiva, reanudó la joven su accidentado camino.

—¡Vaya una momia de muchacha! —le dijo el primer hombre con quien se tropezó en el camino a otro que le acompañaba.

A los ojos de Tess, compadecida de sí misma, afluyeron las lágrimas.


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