Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville «Pero ¡qué importa!», se dijo al punto. «Yo ahora quiero parecer fea, porque no está aquí Ángel y no tengo a nadie que mire por mí. ¡El que es mi marido me dejó y ya no me quiere, pero yo le sigo queriendo a él y aborrezco a todos los demás hombres, y no deseo otra cosa sino que me miren con malos ojos!».
Y así prosiguió su jornada. Su figura resultaba muy a tono con el paisaje; era una campesina legítima en traje de invierno; esclavina gris de sarga, bufanda de lana roja, falda burda y guantes de cuero. Cada filamento de aquel traje tan viejo había sufrido el chorrear de cien lluvias y estaba además requemado del sol y desgarrado por la furia de los vientos. Ya no se advertía en Tess indicio alguno de apasionada juventud.
Tiene la doncella la boquita fría. ....................... Paños y más paños le envuelven la cabeza[121].
Bajo aquella apariencia que a la vista parecía la de una cosa apenas animada de sensibilidad, casi inorgánica, yacía la historia de una vida palpitante que, para sus pocos años, conocía harto bien la fragilidad de todo lo humano, la crueldad de la lascivia y la vanidad del amor.