Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Al día siguiente empeoró el tiempo, pero Tess siguió adelante, sin arredrarse ante las demostraciones de compasión, indiferencia u hostilidad que hallaba en su camino. Siendo su anhelo encontrar trabajo y albergue para el invierno, no tenía tiempo que perder. Tenía tan amarga experiencia de las colocaciones transitorias, que había resuelto no aceptar ninguna.

Así fue pasando de granja en granja, en dirección al sitio adonde la encaminara Marian, con la intención de solicitar allí trabajo en última instancia, pues no eran nada tentadoras las duras condiciones que al parecer regían en aquel lugar. Solicitó a lo primero las ocupaciones más llevaderas, y perdida la esperanza de hallar acomodo, fue luego resignándose a la fatalidad y pretendiendo otras más penosas, de suerte que empezando por ofrecerse para las faenas de lechería y cría de aves, que eran las que más le agradaban, acabó por brindarse para aquellas otras que menos le placían: las labores del campo, trabajo tan rudo que jamás hubiera hecho de buena gana.

La segunda tarde de su caminata se encontró Tess en una accidentada meseta cretácea, muy abultada por protuberancias hemisféricas, cual si una Cibeles de múltiples mamas se hubiera tendido allí en posición supina[122], que se extendía entre su valle nativo y el valle de sus amores.


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