Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Frente a ella, en una leve hondonada, se veían los vestigios de un pueblo. Aquél era, en efecto, Flintcomb-Ash, el lugar donde vivía Marian. No había más remedio; estaba fatalmente condenada a ir a parar allí. El duro suelo que la rodeaba mostraba harto claro que el trabajo había de ser allí de los más rudos y penosos; mas Tess se consolaba pensando que por lo pronto podría descansar y continuar luego buscando un trabajo más llevadero, tanto más cuanto que ya empezaba a llover. A la entrada del pueblo había una casucha de alero muy saliente, y Tess, antes de ponerse a buscar alojamiento, se guareció allí y vio llegar la noche.
«¡Cualquiera diría que soy la mujer de Ángel Clare!», pensó.
La pared despedía un calor que le daba a ella en la espalda, dejándole adivinar que al otro lado estaba el hogar de la casa, y Tess se calentó en el muro las manos, arrimando también a él la cara, húmeda y enrojecida por la intemperie. Aquella pared parecía ser el único amigo que le quedaba en este mundo. Se encontraba allí tan a su gusto que de buena gana no se hubiera movido de aquel sitio en toda la noche.