Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Oía el eco de las voces de los moradores de la vivienda, congregados apaciblemente en torno a la mesa, tras la ruda jornada, llegando a percibir el chocar de los platos en que estaban comiendo. Pero por aquella calle no pasaba un alma. Durante largo tiempo permaneció en absoluta soledad hasta que al cabo vio llegar un bulto de mujer que, a pesar del frío de la noche, llevaba traje de entretiempo y sombrero de alas, propio del verano. Instintivamente presumió que sería Marian, y cuando la tuvo bastante cerca para poder verla bien en la penumbra, comprobó que era ella. Marian estaba más gorda y rubicunda que antes, notándosele mayor descuido y desaliño en el vestir. En cualquier otro período de su vida le hubiera disgustado a Tess que Marian la viera así; pero en aquella soledad en que se hallaba, se apresuró a contestar a su saludo.
Marian estuvo muy discreta en sus preguntas, pareciendo conmoverse mucho al verla en tan lastimoso estado, aunque ya le habían llegado rumores de que se había separado de su marido.
—¡Tess…, señora Clare! ¡Tan mal te encuentras, mujer! ¿Por qué tienes la cara tan entrapajada? ¿Te ha pegado alguien? ¿Supongo no habrá sido él?
—¡No, no, no! Lo hice solamente para que nadie se metiera conmigo, Marian.
Y se arrancó indignada un vendaje que podía sugerir tan crueles pensamientos.