Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¿No llevas cuello?
Tess acostumbraba a ponerse en la lecherÃa un cuello blanco.
—No, Marian.
—¿Lo perdiste en el camino?
—No. Sino que ya no me importa parecer bien o mal y he dejado de ponérmelo.
—¿Y no llevas tampoco el anillo de boda?
—Sà que lo llevo, pero por dentro, atado de un cordoncito al cuello. No quiero que la gente sepa siquiera que estoy casada mientras llevo esta vida.
Guardó silencio Marian.
—¡Y, sin embargo, eres la esposa de un caballero! ¡Es natural que no parezca bien que vivas de este modo!
—Nadie, después de todo, tiene de ello la culpa, aunque soy muy desgraciada.
—Pero ¿cómo puedes serlo habiéndote casado con él?…
—Las mujeres casadas somos desgraciadas a veces, no por culpa de nuestros maridos, sino de nosotras mismas.
—Lo que es tú, Tess, estoy segura de que eres inocente. Y él tampoco puede haber hecho nada malo. Sin duda se trata de algo extraño a vosotros.