Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Marian, te agradecerÃa no me hicieras pregunta alguna. Mi marido se fue al extranjero y a mà se me han acabado los recursos, por lo cual he tenido que volver al trabajo. No me llames señora Clare nunca, sino Tess simplemente. ¿No habrá aquà trabajo para mÃ?
—De sobra, mujer; aquà admiten a todo el que se presenta, porque son pocos los que quieren venir. Esto es un yermo. No hay más que cereales y nabos. Y, francamente, me da lástima que venga a cargar con este trabajo, aun siendo el mÃo, una criatura como tú.
—Pero ¿por qué dejaste la lecherÃa?
—No tuve más remedio que marcharme de allà desde que me di a la bebida. ¡Qué iba a hacerle! ¡Es el único consuelo que me queda! Si te colocas aquà te pondrán a pelar nabos, que es lo que hago yo; pero a ti temo ahora que no va a convenirte.
—A mà me da todo igual, ¿puedes tú recomendarme?
—Mejor será que te presentes tú sola.
—Bueno, Marian. Ahora fÃjate bien. Si me coloco no digas a nadie una palabra de mi historia. No quiero que el nombre de él ruede por el fango.
Marian, que era verdaderamente una buena muchacha, aunque más basta que su amiga, prometió a ésta hacer lo que le pedÃa.