Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Ésta es noche de paga —dijo—, y si vinieras ahora mismo conmigo saldrías de dudas. Me duele en el alma que no seas feliz, pero ya veo que la culpa de todo la tiene el no estar él aquí… Que si estuviera, serías feliz, aunque no te diera dinero y te tratara con la punta del pie.

—¡Es verdad que lo sería!

Echaron a andar juntas y no tardaron en llegar a la granja, que parecía casi sublime en su desolación. No se veía un árbol en cuanto alcanzaba la vista, ni un palmo de verdor; sólo barbechos y nabares por todas partes, en grandes parcelas separadas por descuidados setos.

Aguardó Tess a la puerta de la casa hasta que hubieron cobrado los trabajadores todos. Luego la presentó Marian. Por lo visto no estaba en casa el amo, pero su mujer, que aquella noche hacía sus veces, no tuvo inconveniente en admitirla, con la condición de que había de estar allí hasta la Anunciación. No había entonces gran oferta de mujeres para las faenas del campo, y como cobraban menos que los hombres, resultaban muy convenientes para reemplazarlos en aquellas labores que podían hacer tan bien como ellos.


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