Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Absorta en estos pensamientos, cruzó en ángulo recto la parte norte de la calzada de Long-Ash. Ante sus ojos surgió de pronto el blanco camino ascendente hacia la montaña, por cuyo margen corría el itinerario de su jornada. La seca y pálida superficie se extendía por la severa lejanía, sin que bulto alguno de criatura humana o cualquier otra cosa alterase su monotonía, salvo los montones de estiércol caballar que tachonaba acá y allá la fría aridez de la blanca cinta. Mientras subía con pausado afán aquella cuesta percibió rumor de pasos a su espalda, y al volverse vio que se acercaba a ella aquella figura tan conocida —aunque tan extrañamente vestido como los metodistas[125]—, la única persona de este mundo con la que no deseaba encontrarse la joven.

Pero no había tiempo ya para detenerse a pensar ni intentar la evasión, y Tess hubo de resignarse lo más serenamente que pudo a la necesidad de dejarse alcanzar por su seguidor. Éste parecía excitado, no tanto por la rapidez de su andar como por el anhelo que le dominaba.

—¡Tess! —exclamó.

Ella moderó el paso, sin volver la cara.

—¡Tess! —repitió él—. Soy yo. Alec d’Urberville.

Se volvió entonces Tess y le aguardó a pie firme.


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