Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Ya lo veo —repuso con frialdad.
—¿Y eso es todo lo que se te ocurre decirme? Aunque es cierto que no merezco más. Es lógico que te parezca ridÃculo vestido de este modo. Pero yo quiero pasar por alto esa impresión. Tess, ¿te extraña que te haya seguido?
—SÃ, y de veras desearÃa que no lo hubiera hecho.
—Claro, es natural que hables asà —respondió él lúgubremente, en tanto ambos caminaban juntos, ella con andar casi desfallecido—. Pero no me interpretes mal. Te hablo asà porque de seguro me habrás juzgado erróneamente al notar cuánto me sobrecogió tu aparición inesperada. Pero fue únicamente un desfallecimiento momentáneo y explicable dado lo que tú has sido para mÃ… La voluntad me sostuvo, sin embargo, aunque me consideres un farsante al decirlo, e inmediatamente comprendà que de cuantas criaturas era mi deber salvar de la cólera que vendrá[126] eras tú la primera, tú a la que yo he ultrajado tan gravemente. Y con ese objeto he venido a hablarte…, nada más.
En la réplica de Tess asomó ligero desdén.
—¿Y usted se ha salvado? La caridad bien ordenada empieza por uno mismo, según dicen.