Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Yo no he tenido que poner nada de mi parte. El cielo, como les decía a mis oyentes, es quien todo lo ha hecho. Por grande que sea el oprobio de que quieras cubrirme, nunca igualará al que he echado yo mismo sobre ese Adán de mis años juveniles. Es una historia muy notable, pero puedo referirte por qué medios hubo de obrarse mi conversión, y espero que el relato habrá de interesarte cuando menos. ¿Has oído mentar alguna vez el nombre del párroco de Emminster? Seguramente que sí; me refiero al anciano pastor Clare, uno de los más íntegros varones de su escuela y de lo poco bueno que en la Iglesia tenemos; no tan intenso como los que forman en el ala extrema de la fe cristiana a que yo pertenezco, pero sí una excepción hoy dentro del clero regular, donde la gente joven va desfigurando ya la verdad a fuerza de sofismas, hasta dejarla convertida en su sombra. Yo sólo discrepo de él en lo tocante a la cuestión de la Iglesia y el Estado, en la interpretación de aquel texto que dice: «Salte de entre ellos y sepárate, dijo el Señor[127]»; en esto sólo. Pero creo firmemente que es el hombre que con sus humildes medios ha salvado más almas. ¿No has oído hablar nunca de él?

—Sí —contestó ella.



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