Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡No siga! —exclamó Tess encolerizada al tiempo que se volvÃa hacia un pontón del camino en el que hubo de detenerse y apoyarse—. ¡No puedo creer en tan repentina mudanza! Me subleva oÃrle hablar de ese modo cuando usted sabe bien… todo el daño que me ha hecho. ¡Usted y otros de su calaña cifran todo su placer en amargarles la vida a criaturas como yo, y es muy bonito eso de, luego que ya están hartos, pensar en asegurarse también los goces del cielo, convirtiéndose! ¡Mentira todo! ¡Yo no creo nada de lo que dice!
—Tess —insistió él—, no hables asÃ. Mi conversión ha sido cosa de milagro y me ha abierto los ojos a la verdadera vida. ¿Que no me crees, dices? Pero ¿qué es lo que no crees?
—No creo en su conversión.
—¿Porqué?
Ella bajó la voz:
—Pues porque hay un hombre mejor que usted que no cree esas cosas.
—¡Vaya un razonamiento de mujer! ¿Qué hombre mejor que yo es ése que dices?
—No puedo decÃrselo.