Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Bueno —repuso él, y en sus palabras alentaba un rencor latente que parecía ir a estallar a cada instante—. No permita Dios que yo diga que soy ningún santo, ni muchísimo menos… De sobra sabes que no quise decir semejante cosa… Soy novicio en la bondad, sólo que los novicios ven claro a veces.

—Sí —replicó Tess—. Pero no paso a creer en su conversión. ¡No creo que sean duraderos sus fervores!

Hablando así se incorporó la joven y se le quedó mirando de frente; él, posando la vista en aquel rostro y aquellas formas que tan conocidas le eran, estuvo largo rato contemplándolos. El hombre malo estaba en él como mortecino, pero no extirpado del todo, ni siquiera sojuzgado por completo.

—¡No me mires así! —exclamó bruscamente.

Tess, que no se había percatado de lo que hacía, retiró al punto la profunda mirada de sus negros ojos y, ruborizándose, dijo:

—¡Usted perdone!

Y volvió a sentir la joven la desdichada impresión que ya otras veces experimentara de que su hermosura era un mal.

—No, no me pidas perdón, mujer. Pero ya que llevas un velo para ocultar las facciones de tu cara, ¿por qué no te lo echas?


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