Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Se echó Tess el velo a la cara y dijo con precipitación:

—¡Lo llevo para resguardarme del viento!

—Tal vez te parezca duro que yo te obligue a echártelo —continuó él—, pero más vale que no te mire mucho. Pudiera ser peligroso.

—¡Bah! —protestó Tess.

—Sí, las caras de las mujeres han tenido harto poder sobre mí para que no les tema. Un evangelista no debe reparar en ellas. Y la tuya me recuerda unos tiempos que quisiera olvidar.

La conversación derivó luego hacia las observaciones que le sugerían su distraído caminar por aquellos parajes. Se preguntaba Tess cuándo se despediría de ella, sin atreverse a despedirlo francamente. Cuando pasaban junto a un portillo o una verja veían pintadas en ellos en rojo o azul sentencias breves tomadas de las Sagradas Escrituras, y ella le preguntó si sabía quién había puesto allí aquellas advertencias. Le dijo Alec que era un hombre que lo hacía por encargo suyo y de otros que con él trabajaban en aquella comarca, con objeto de conmover los corazones de una generación depravada.


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