Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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El dilatado horizonte, vestido del suave matiz parduzco de la tierra en los trechos donde se habían arrancado las raíces, comenzaba a listarse de rayas más oscuras que iban poco a poco ensanchándose hasta semejar cintas de un color siena vivo. Por sus bordes se deslizaba una cosa movida por diez patas que avanzaba lenta, pero continuamente, recorriendo los trozos de terreno de arriba abajo; eran dos caballos y un hombre, entre los cuales se arrastraba el arado, removiendo el terreno segado que había de recibir la siembra primaveral.

Durante algunas horas no vino nada a animar aquella monotonía. Luego, más allá del punto en que se movía el arado, se divisó una mota negra. Había entrado por la esquina del seto, donde había un portillo, y a juzgar por su rumbo, se dirigía hacia el alto en que trabajaban los cortadores.

Semejante a lo primero a un puntito negro, fue agrandándose después, hasta que por fin pudo verse que era un hombre vestido de negro que marchaba en dirección a Flintcomb-Ash.

El maquinista, no teniendo otra cosa en que fijar la mirada, no cesaba de observar al caminante, pero Tess, que estaba ocupada, no reparó en él hasta que su compañero le llamó la atención.


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