Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Conste —exclamó acalorado— que si te propuse ese casamiento fue mirando por tu bien. ¡Por los ángeles del cielo! Dios me perdone la expresión…, te juro que vine por lo que yo estimaba que era tu bien. No me mires asÃ, Tess, que no puedo resistir tu mirada. No ha habido otros ojos como ésos desde que el mundo es mundo. No, no quiero perder el juicio… Confieso que al verte de nuevo se despertó en mà aquel amor que yo creÃa extinguido, con todas esas sensaciones creà que nuestra boda podÃa ser una santificación para los dos. «El marido incrédulo sea santificado por la esposa, y la mujer incrédula, por el marido[129]». Esto fue lo que a mà mismo me dije, ¡pero mi plan me es arrebatado, y tengo que soportar la decepción! —Y se quedó reflexionando con la vista fija en el suelo—. ¡Casada! ¡Casada! Bueno, siendo asà —añadió ya con calma, partiendo en dos pedazos la licencia de casamiento y guardándosela en el bolsillo—, ya que eso no es posible, yo quisiera hacer algo por ti y por tu marido, quienquiera que sea. Muchas cosas querrÃa preguntarte, pero no lo haré contra tu voluntad. Aunque si conociera a tu marido me serÃa más fácil favoreceros. ¿Está él trabajando aquÃ?
—No —murmuró ella—, está muy lejos…
—¿Lejos de aqu� ¿Y de ti también? ¿Qué marido es ése?