Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—¡No hable así de él! La culpa de todo la tuvo usted. Él se enteró de…

—¡Ah, sí! ¡Cuánto me duele, Tess!

—Sí.

—¡Pero haberse separado de ti…, dejarte trabajando de este modo!

—No me deja trabajando —exclamó Tess, saliendo solícita a la defensa del ausente—. ¡Él no lo sabe! Es por mi voluntad…

—¿Pero no te escribe?

—No puedo…, no puedo ser más explícita. Éstas son cuestiones de carácter íntimo.

—Eso quiere decir que no te escribe. ¡De modo que eres una esposa abandonada, mi bella Tess!

Se volvió Alec súbitamente para cogerle una mano, pero como Tess tenía las dos enguantadas, sólo apresó aquél los ásperos dedos de cuero, que no tenían la forma ni la vida de los de dentro.

—¡No me toque…, no me toque! —gritó con espanto la joven, y sacando del guante la mano se lo dejó en las suyas—. ¡Váyase de aquí por mi bien y el de mi marido! ¡Vayase en nombre de su cristianismo!

—Sí, sí, me iré —dijo Alec, y devolviéndole a Tess el guante hizo ademán de partir. Pero antes, mirando a su alrededor, dijo—: ¡Como Dios ha de juzgarme, que no tenía intención de nada malo al quererte coger la mano!


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