Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Un ruido de cascos que ellos no advirtieran, embebecidos como estaban en su conversación, fue a extinguirse a muy poca distancia de donde estaban.
Y Tess oyó una voz:
—¿Qué diablos hace usted a esta hora desatendiendo su trabajo?
El labrador Groby les habÃa observado desde lejos y se acercó para inquirir qué hacÃan en su campo, pues los habÃa tomado por gente extraña.
—¡No hable usted de ese modo! —le interrumpió d’Urberville, expresando en el semblante algo que no era muy cristiano.
—¡Vaya, hombre! ¿Qué tendrá que ver en todo esto un cura metodista?
—¿Quién es este hombre? —preguntó d’Urberville volviéndose a Tess.
Ella se acercó a Alec y le dijo:
—¡Vayase, se lo ruego!
—¡Cómo! ¿Que me vaya y te deje aquà con este tirano? Tiene trazas de patán.
—No ha de hacerme ningún daño. Éste no está enamorado de mÃ. Yo puedo salir de aquà para el dÃa de la Virgen.
—Bueno, supongo que no me queda otro recurso que obedecerte. Asà que ¡adiós!