Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Luego que hubo desaparecido su defensor, que era a quien Tess temía más, el labrador reanudó su reprimenda, que la joven aguantó con la mayor indiferencia, por tratarse de una acometida de todo punto ajena al sexo. El hecho de tener por amo a aquel hombre de piedra, que sería capaz de cruzarle la cara, si le parecía, era para ella un alivio después de todo lo que había padecido. Así que volvió en silencio al altozano donde estaba trabajando, tan absorta en el recuerdo de la entrevista que acababa de celebrar con d’Urberville, que apenas si se percataba de que el hocico del caballo de Groby casi le daba en el hombro.

—¿Y de esa forma va usted a trabajar para mí hasta el día de la Virgen? Pero descuide usted, que ya tendré yo cuidado de que cumpla mejor —refunfuñó el hombre—. ¡Qué asco de mujeres! ¡Un día salen con una cosa, y otro con otra! ¡Pero no lo toleraré por más tiempo!

Sabiendo muy bien que no hostigaba a las demás mujeres de la labor con el encono que a ella, movido del despecho que hubo de causarle el rechazo que le diera tiempos atrás, se figuró Tess el cuadro tan distinto que pudiera haber resultado de haberse ella encontrado en condiciones de poder casarse con Alec d’Urberville. Éste la hubiera emancipado de toda sujeción, no sólo de la férula de su actual patrono, sino también de todo un mundo que parecía despreciarla.


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