Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Bueno, madre, puesto que fui yo quien mató al caballo —dijo con dolorido acento—, creo que estoy obligada a hacer algo. No tengo inconveniente en ir a ver a esa señora, pero habéis de dejar a mi arbitrio lo de pedirle que nos ayude, y no penséis que me vaya a buscar novio…, que eso es un desatino.
—Muy bien hablado, Tess —observó el padre sentencioso.
—Pero ¿quién ha dicho que yo pensara tal cosa? —exclamó Joan.
—Me parece que se hace usted esa ilusión, madre. A pesar de todo, iré.
Al dÃa siguiente se levantó la joven muy temprano, encaminándose a la abrupta ciudad, donde tomó un coche que dos veces a la semana hacÃa el recorrido de Shaston a Chaseborough, pasando cerca de Trantridge, la parroquia en que la imprecisa y misteriosa señora d’Urberville tenÃa su residencia.