Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Y lo que su apariencia sugería era lo que él sentía. Estaba en el mundo agrícola, sin formar parte de él. Era un servidor del fuego y el humo, mientras que aquellos ciudadanos de los campos lo eran de la vegetación, el tiempo, el sol y las heladas. Viajaba con su artefacto de finca en finca y de condado en condado, porque todavía la trilladora de vapor era trashumante en aquella parte del Wessex. Hablaba con marcado acento del norte, concentrado en sus pensamientos, atento únicamente a su obligación; apenas si reparaba lo más mínimo en las escenas que le rodeaban. Sólo mantenía con los demás el trato estrictamente necesario, cual si estuviera condenado a vagar por allí contra su voluntad al servicio de su plutónico señor[134]. La larga correa que iba desde la rueda motora del artefacto a la roja trilladora colocada bajo el cobertizo era el único lazo que le unía con el mundo agrícola.
Mientras descargaban las gavillas, permaneció él como ausente, junto a su portátil almacén de fuerza, en torno a cuya caliente negrura tiritaba el aire mañanero. Él no tenía nada que ver con los preparativos. Tenía encendido el fuego y comprimido el vapor, y en pocos segundos podía poner en movimiento la larga correa, imprimiéndole una invisible velocidad. Más allá de su esfera profesional, todo le resultaba indiferente. Cuando algún labriego le preguntaba cómo se llamaba, contestaba él, lacónico: «Maquinista».