Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville La víspera de su partida oscureció temprano a causa de la intensa lluvia que ensombrecía el cielo. Por ser la última noche que habían de pasar en el pueblo que fuera su hogar y cuna, la señora Durbeyfield, con Liza-Lu y Abraham, fue a despedirse de sus amistades, dejando a Tess al cuidado de la casa.
Estaba aquélla arrodillada en el poyo de la ventana, con el rostro pegado a los cristales, por cuya cara exterior resbalaba otro cristal de lluvia. Los ojos de la joven hubieron de fijarse en la tela de araña urdida por un insecto, muerto probablemente de inanición hacía tiempo, y que por equivocación, sin duda, hubo de plantar sus reales en un rincón donde nunca iba a parar una mosca. Meditaba Tess acerca de la situación de su hogar, en la que percibía los efectos de su maléfico influjo. De no haber vuelto ella a su casa, probablemente no se verían ahora en la calle su madre y los niños. Algunos vecinos de escrupuloso carácter y mucha influencia se habían fijado en ella en cuanto llegó la segunda vez, después de casada, y notado cómo había estado en el camposanto para restaurar como Dios le dio a entender, con una llana, la casi borrada tumba de su hijo. Amonestaron los referidos vecinos a la madre de Tess por haber permitido a ésta que fuera a vivir con ella, y Joan les dijo, con malos modos, que si les molestaba su presencia que se irían todos del pueblo. Le tomaron ellos la palabra, y ahí estaban las consecuencias.