Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville «No debí volver a casa», pensaba Tess amargamente.
Tan embebecida se hallaba en sus cavilaciones, que apenas se fijó a lo primero en un hombre que, envuelto en un impermeable claro, pasaba a caballo por la calle. Quizá por tener ella la cara pegada a los cristales la vio él enseguida, acercándose de tal modo a la fachada de la casa, que casi metía el caballo los cascos por el arriate que había junto al muro. Tess no reparó en él hasta que dio un golpecito con la fusta en los cristales.
Había escampado ya y, obedeciendo al gesto del hombre, abrió ella la ventana.
—Pero ¿no me habías visto? —le preguntó d’Urberville.
—Estaba distraída —dijo ella—. Me parece haberle oído, sólo que creí que era un coche el que pasaba. Estaba como adormilada.
—Quizá lo que tú oías era el coche de los D’Urberville. ¿No sabes la leyenda?
—Sí, es decir, empezaron a contármela una vez, pero no acabaron.