Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Se tranquilizó Tess cuando, al mirar por la ventana a la mañana siguiente, se encontró con que el tiempo, aunque ventoso y revuelto, no estaba de llover, y con que el carro aguardaba ya a la puerta. Un día de la Anunciación lluvioso era un fantasma que nunca olvidaban las familias viajeras, pues significaba calarse el mobiliario y empaparse colchones, sábanas y ropas, a más de dejar un largo rastro de dolencias y calamidades.

Ya estaban despiertos la madre, Liza y Abraham; pero los pequeños seguían durmiendo a pierna suelta. Desayunaron los cuatro casi a oscuras y empezaron a levantar la casa.

Ejecutaron la faena con cierta alegre vivacidad, ayudados por una o dos vecinas serviciales. Luego de haber embalado y cargado en el carro los muebles más voluminosos, hicieron un nido circular con las camas y colchones para que en él fueran sentados durante el trayecto Joan Durbeyfield y sus niños pequeños. Terminada al fin la carga, tardaron todavía algo en traer los caballos, pero a eso de las dos ya el carro iba camino adelante, llevando el caldero oscilante pendiente del eje y en todo lo alto a Joan y su familia, conduciendo aquélla en su regazo, por miedo a que la máquina sufriera alguna avería, la caja del reloj que, zarandeado a veces por algún vaivén, daba de pronto la una o la una y media con tono lastimero. Tess y su hermana mayor fueron a pie al lado del carro hasta salir del pueblo.


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