Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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La noche anterior y aquella mañana habían ido a despedirse de algunos vecinos, que acudieron luego a decirles adiós y desearles felicidades para lo futuro, aunque allá para sus adentros no formularan muy risueños augurios acerca del futuro bienestar de la familia Durbeyfield, por mucho que a nadie hicieran el menor daño si no era a ellos mismos. No tardó en trepar el grupo por la montaña, haciéndose el viento más fino y penetrante con el cambio de altura y de terreno.

Como era aquél día de éxodo general, se encontró el carro de los Durbeyfield con otros muchos que llevaban familias encaramadas en lo alto de la carga, acomodada en todos ellos con arreglo al mismo principio, tan peculiar quizá para el labrador como el hexágono lo es para la abeja. La clave de toda aquella fábrica era la gran alacena familiar que ostentaba relucientes manillas, señales de dedos y evidentes huellas del uso doméstico, campeando al frente encima de las colas mismas de los caballos, erguida en su posición natural, cual si fuera un Arca de la Alianza que se vieran obligados a transportar con solemnidad reverente.

Iban unas familias muy alegres y muy mustias otras; algunas hacían alto en las ventas del camino, en una de las cuales se detuvo también el carro de los Durbeyfield para dar pienso a las caballerías y que los viajeros pudiesen tomar un bocado.


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