Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville La distancia era grande —demasiada para ser recorrida en sólo un dÃa— y los caballos cumplieron con harta dificultad su cometido. A pesar de haberse puesto en marcha muy temprano, iba ya muy avanzada la tarde cuando doblaron el costado de una loma que formaba parte del monte llamado Greenhill. Mientras descansaban los caballos un poco para tomar resuello, miró Tess a su alrededor. Al pie de un monte y delante de ellos se extendÃa el mortecino villorrio, meta de su peregrinación, Kingsbere, donde yacÃan aquellos antepasados que su padre sacaba a relucir con tanta insistencia machacona: Kingsbere, el lugar que podÃa considerarse como hogar y cuna de los d’Urberville, ya que allà habÃan residido por espacio de más de cinco siglos.
A lo lejos vieron venir a un hombre que se dirigÃa a ellos subiendo por la falda de una loma y que al ver la carga que llevaban apresuró el paso.
—¿Es usted la señora Durbeyfield? —preguntó a la madre de Tess, que se habÃa apeado con intención de hacer a pie el resto del camino.
Asintió ella con la cabeza.
—SÃ, señor; la viuda del difunto sir John d’Urberville, noble arruinado, que vuelve a la tierra de sus abuelos.