Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Bueno, yo de eso no sé nada, pero si es usted la señora Durbeyfield, tengo encargado decirle que las habitaciones que usted querÃa están ya tomadas. No sabÃamos que fuera usted a venir, hasta que recibimos su carta esta mañana, cuando ya era tarde. Pero no le será difÃcil encontrar otro alojamiento.
Reparó el hombre en lo pálida que Tess se puso al recibir la noticia. Su madre dio muestras de gran desaliento.
—¿Qué vamos a hacer ahora, Tess? —exclamó con amargura—. ¡Qué bien nos recibe la tierra de tus mayores! Sin embargo, no tendremos más remedio que buscar otro alojamiento.
Entraron en el pueblo, quedándose Tess junto al carro, al cuidado de los niños, mientras su madre y Liza hacÃan averiguaciones. A poco volvió Joan sin haber encontrado alojamiento, y el carrero le hizo presente que tenÃa que descargar los muebles porque los caballos estaban medio reventados y él habÃa de hacer aquella noche misma la mitad, por lo menos, del camino de vuelta.
—Bueno, pues descargue usted aquà los trastos —dijo Joan con desesperada indiferencia—, y nosotras buscaremos dónde pasar la noche.