Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Arrimó el carrero el carro al muro del cementerio, en un lugar oculto, y muy diligente procedió a descargar el pobre ajuar. Luego que hubo terminado, le pagó la mujer, quedándose casi sin un céntimo, y yéndose entonces el carrero muy contento de haber dado remate al asunto. Hacía una tarde seca y el hombre se dijo que aquella pobre gente no había de pasar del todo mal la noche a la intemperie.
Contempló Tess con amargura el montón que formaban los trastos apilados. El frío sol de aquel primaveral ocaso se entremetía curioso por entre las cazuelas y peroles, los hacecillos de hierba seca que temblaban agitados por la brisa, las bronceadas asas de la alacena, la cuna de mimbre que a todos los había mecido y la bruñida caja del reloj, objetos todos que mostraban el lamentable aspecto de enseres y cachivaches de uso doméstico, abandonados a las vicisitudes de la intemperie. Alrededor de los viajeros se alzaban cerros y laderas inhospitalarios, fraccionados ahora en reducidas parcelas, y los reverdecidos vestigios que marcaban el sitio donde en otro tiempo se irguiera la mansión de los d’Urberville, viéndose a lo lejos un trecho del bosque de Egdon que formara parte de la propiedad. Al lado, la parte de la iglesia llamada la nave de los d’Urberville lo contemplaba impasible todo.