Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville No tenían ánimos para salir y dejaron transcurrir allí refugiados uno, dos y hasta cinco días, sin que la vista ni el ruido de alma viviente turbara su tranquilidad, es decir, la relativa tranquilidad de que podían gozar. Los cambios de tiempo fueron los únicos sucesos que advirtieron en todos aquellos días, y las aves de New Forest su única compañía. Por acuerdo tácito apenas si volvieron a hablar de los incidentes ocurridos después de su boda. Aquel lúgubre intervalo pareció sumirse en un caos, y ellos, echándole encima el tiempo anterior y el presente, lo suprimieron de su memoria. Siempre que Ángel insinuaba la idea de abandonar aquella guarida para dirigirse a Southampton o a Londres, mostraba ella una extraña resistencia a ponerse en camino.
—¡Para qué irnos si estamos aquí tan bien! —suplicó—. ¡Lo que haya de ser será! —Y mirando por la rendija de la ventana, añadió—: Fuera de aquí todo es triste; sólo entre estos muros anida la felicidad.
Él también se asomó. Decía verdad Tess; dentro había cariño, compenetración perfecta, olvido absoluto de todo lo pasado; fuera aguardaba lo inexorable.