Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Sobre el fondo de la agreste lejanía resaltaba al frente de los demás edificios un vasto caserón, de rojo ladrillo y grisácea techumbre aplanada, guarnecido de largas filas de angostas ventanas enrejadas que hablaban de cautiverio. Su estructura y diseño contrastaban por su severa uniformidad con la irregularidad pintoresca de los circundantes edificios góticos. Los tejos y las encinas perennes le ocultaban un tanto a la vista de los caminantes, pero desde aquel sitio resultaba perfectamente visible. En el muro de aquel edificio era donde se abría el estrecho postigo por el que salieran los dos jóvenes de que hemos hablado. En el centro del edificio se alzaba a poniente sobre el horizonte una torre octogonal achatada que, vista desde aquel lugar, parecía el único borrón que afeaba la belleza de la urbe. Pero a nuestros jóvenes lo que les interesaba era, no la belleza del panorama urbano, sino precisamente aquel borrón.
En la cornisa de la torre había hincada una larga asta, a la cual convergían las miradas afanosas de ambos caminantes. Pocos minutos después de sonar las campanadas de las ocho se vio subir por el asta pausadamente y abrir sus alas al aire una forma vaga. Era una bandera negra.