Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville En la imperfecta ordenación del bien juzgado plan de las cosas del mundo, rara vez surge la criatura invocada; rara vez el hombre digno de ser amado coincide con la hora de amar. Raramente dice la naturaleza «¡Mira!» al pobre ser humano en el instante en que hacerlo asà puede conducirle a la felicidad; y pocas veces responde «Aquû al grito de «¿Dónde?», hasta que ese juego del escondite degenera en un pasatiempo pesado y tedioso. Cabe preguntarse si cuando el progreso humano haya alcanzado la cúspide resultarán corregidos estos anacronismos mediante una intuición más sutil y un más perfecto manejo del mecanismo social que el que ahora nos zarandea y gobierna; pero tal perfección no puede augurarse ni concebirse como posible. Baste decir que en el presente caso, como en otros muchos, no eran las dos mitades de un todo perfecto las que se miraron mutuamente en el instante preciso; baste decir que una de la dos mitades, aislada, vagaba suelta por la tierra, esperando inconscientemente hasta que fuera tarde. De estos malhadados aplazamientos se siguen ansiedades, decepciones, violentos contrastes, catástrofes y extraños destinos.
Cuando volvió d’Urberville al cenador, se sentó a horcajadas en una silla y se puso a recapacitar sobre lo ocurrido, con cara placentera. Luego rompió en sonora carcajada.
—¡Es curioso! ¡Qué cosa más graciosa! ¡Ja, ja, ja! ¡Y qué bocado más sabroso de muchacha!