Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville El coche sólo llegaba a Shaston, siendo menester recorrer luego a pie varios kilómetros, cuesta abajo, hasta el valle de Marlott. Le había aconsejado su madre que se quedase allí a dormir en casa de una aldeana que conocían, si se sentía cansada para continuar el camino; y así lo hizo Tess, por lo cual no llegó a su casa hasta el día siguiente por la tarde.
Al entrar advirtió al punto, por el aspecto gozoso y radiante de su madre, que había ocurrido algo bueno en su ausencia.
—¡Ya lo sé todo, hija mía! ¿No te dije yo que esto saldría bien? Pues así ha sido.
—¿Pero qué dice usted, madre? ¿A qué se refiere usted? —preguntó Tess cansadamente.
Por toda contestación le dijo la madre con cierta picardía:
—¿De modo que te los has metido enseguida a todos en el bolsillo?
—¿Cómo lo sabe, madre?
—Pues que he tenido una carta.
Entonces recordó Tess que había habido tiempo para eso.