Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Pues con todo eso no creo que deba ir —dijo Tess pensativa—. ¿Quién escribe la carta? ¿Me la deja usted ver, madre?
—La escribe la señora d’Urberville. Mira, muchacha.
La carta estaba escrita en tercera persona y se reducÃa a decirle muy lacónicamente a la señora Durbeyfield que los servicios de su hija podÃan serle útiles a la señora d’Urberville en el cuidado de la volaterÃa, y que si aceptaba tendrÃa un buen alojamiento en la casa, amén de un generoso salario si cumplÃa a satisfacción.
—¡Ah!… ¡Eso es todo! —exclamó Tess.
—¡Mujer, supongo que no esperarÃas que te echara los brazos al cuello y te besara y te lo dijera todo de una vez!…
Tess se puso a mirar por la ventana.
—Si le he de decir a usted la verdad, preferirÃa quedarme aquà con padre y con usted —declaró.
—¡Cómo, hija mÃa! ¿Por qué?
—No lo sé, madre; le juro a usted que no lo sé, pero es asÃ.