Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Una semana después de esta conversación con su madre volvía Tess a su casa, desanimada, rendida de buscar inútilmente trabajo por aquellos alrededores. El plan de la joven consistía en reunir durante el verano dinero bastante para comprarle a su padre otro caballo. Pero no había traspuesto los umbrales cuando uno de los chicos fue hacia ella, muy contento, dando saltos y brincos. Y en medio de su alborozo exclamaba:
—¡Tess! ¡Tess! ¡Que ha estado hoy aquí el caballero!
Se apresuró su madre a explicar a la muchacha, rebosando alegría por todo el cuerpo, que el hijo de la señora d’Urberville, habiendo tomado por casualidad la dirección de Marlott, en el curso de un paseo a caballo, había estado allí a verlos. Después de saludarlos a todos muy afablemente, acabó preguntándoles, por orden de su madre, si al fin iba a ir Tess a encargarse del gallinero de la señora, porque el criado que hasta allí atendiera aquel menester había resultado un tunante.
—Dice el señor d’Urberville que si eres lo que pareces has de cumplir muy bien tu cometido, y que él está seguro de que eres una buena muchacha…; en suma, que se interesa muchísimo por ti… y parece desear tu bien…
A Tess la halagó por el momento ver que le había merecido al joven tan buena opinión, siendo así que ella se estimaba verdaderamente en muy poco.