Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Le agradezco mucho que piense eso de mà —murmuró—, y si supiera a punto fijo qué serÃa el vivir allÃ, no tendrÃa inconveniente en aceptar esa colocación.
—¡Es un guapo mozo!
—¡No me lo parece! —dijo Tess con frialdad.
—Sà —saltó, entusiasmado, Abraham, desde el poyo de la ventana—. SÃ, es verdad, que yo lo vi. ¡Y cómo le brillaba cuando se atusaba los bigotes! Madre, ¿por qué nuestro pariente rico se atusa asà los bigotes?
—¡Demonio de chico y en lo que se fija! —exclamó la señora Durbeyfield haciendo un paréntesis de admiración.
—Ya lo pensaré —dijo Tess, saliendo de la habitación.
—¡Hay que ver! Ha conquistado a nuestra rama más joven en un santiamén —continuó Joan encarándose con su marido—, y muy tonta será si no lo aprovecha.
—No me hace mucha gracia eso de que mis hijos salgan de casa —dijo el marido—. Yo soy el cabeza de familia, y son los demás los que tienen que venir a mÃ.
—Pero déjala ir, Jacky —le persuadió su necia compañera—. A él le ha impresionado… Eso salta a la vista… ¡La llama prima! Es lo más probable que se case con ella y la haga toda una señora; y ya verás como llega a ser lo que fueron sus antepasados.