Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville John Durbeyfield tenÃa más presunción que energÃa y salud, y aquella hipótesis era muy de su agrado.
—SÃ, puede que ésa sea la intención del joven señor d’Urberville —reconoció—. Es más que probable que aspire a mejorar su sangre, entroncando con la rama más antigua de la familia. ¡La picara Tess! ¡Asà que en esto ha parado su visita!
A todo esto paseaba Tess, meditabunda, por entre las grosellas del jardÃn y sobre la tumba de PrÃncipe, cuando se llegó a ella otra vez su madre para volver a la carga.
—¿Y qué, hija mÃa? ¿Has pensado ya lo que vas a hacer? —preguntó.
—QuerrÃa haber visto a la señora d’Urberville —dijo Tess.
—Creo que podrÃas arreglarlo; ya tendrás ocasión de verla cuando estés en la casa.
El padre dejó oÃr una tosecilla en su asiento.
—¡No sé qué decirle a usted! —contestó, inquieta, la muchacha—. Lo mejor será lo que decidan ustedes. Yo maté al caballo viejo, y sé que tengo que hacer algo para comprar otro nuevo. Sólo que… sólo que no me gusta que el señor d’Urberville esté allÃ.