Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Los chicos, que veían el hecho de que Tess se fuera a vivir con sus parientes ricos (según imaginaban ellos a la otra familia) como una suerte de compensación a la muerte del caballo, rompieron a lloriquear al ver la resistencia de Tess y se pusieron a mimarla y a recriminarla a un mismo tiempo por sus titubeos.

—¡Tess no quiere ir!… ¡No quiere ser señora!… ¡Dice que no quiere! —gemían haciendo pucheros—. ¡Así que no tendremos otro bonito caballo nuevo ni montones de dinero tampoco para comprar cosas en la feria! ¡Tess no quiere que la veamos guapa con buenos trajes! La madre les hacía eco a los chicos. Hasta hizo pesar en su argumentación la carga que para ella suponían los quehaceres domésticos, que hacía parecer peores al alargarlos indefinidamente. El padre era el único que guardaba una actitud neutral.

Tess, al cabo, dijo:

—Bueno, pues iré.

Su madre no pudo reprimir su conciencia de la visión nupcial conjurada por el consentimiento de la muchacha.

—¡Muy bien, hija mía! ¡Para una chica tan guapa, es una buena ocasión!

Tess sonrió de mala gana.

—Espero que sea una ocasión de ganar dinero. No hay otra clase de ocasión. Mejor no digas nada de esas tonterías por la parroquia.


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