Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville La señora Durbeyfield no se comprometió a nada. No estaba segura de poder reprimir su orgullo, ni de abstenerse de hablar por los codos, después de lo que le oyera decir al visitante.
Todo quedó convenido, y la muchacha escribió, mostrándose dispuesta a marchar allá en cuanto se lo dijeran. No se hizo esperar la contestación. La señora d’Urberville celebraba mucho la buena disposición de la muchacha, y anunciaba que de allí a dos días enviaría un carricoche para recogerla, juntamente con su equipaje, a lo alto del valle.
La letra de la señora d’Urberville tenía trazos más bien masculinos.
—¿Un carro? —murmuró Joan Durbeyfield con desconfianza—. Para su parentela debía mandar un carruaje.
Una vez adoptada su determinación, se sintió Tess menos inquieta, pues tenía más seguridad de poderle comprar a su padre otro caballo con el dinero ganado en una ocupación honrosa. Hasta allí había más de una vez soñado con ser maestra de escuela; pero ¡qué iba a hacerle, si el cielo disponía otra cosa! Siendo como era de mucho más seso que su madre, ni por un momento pensó seriamente en la esperanza de casamiento. La aturdida señora Durbeyfield había estado viendo buenas proposiciones para su hija casi desde el año en que ésta naciera.