Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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La señora Durbeyfield no cabía en sí de gozo ante tanta docilidad. Sacó primero una gran jofaina y le lavó el pelo tan concienzudamente, que una vez seco y peinado parecía más abundoso que nunca. Luego se lo recogió con una cinta más ancha que de costumbre. Después vistió a la mucha cha con el traje blanco que lucía en las procesiones de su banda, y que con su vaporosidad, unida a lo hueco del peinado, daba a su figura una amplitud que podía hacer pensar que era ya una mujer, cuando no era mucho más que una niña.

—Madre, ahora reparo en que tengo un agujero en la media, en el talón —dijo Tess.

—¡Déjate de eso, mujer, que no se nota!… Cuando yo tenía tu edad, mientras tuviera un sombrero bonito, lo demás al demonio.

Y la madre, muy ufana, se apartó unos pasos para admirar su obra, como hace el pintor con el cuadro colocado en su caballete.

—¡Hay que ver lo linda que estás, muchacha! ¡Mucho más que el otro día! —exclamó Joan Durbeyfield.

Como el espejo sólo alcanzaba a reflejar una porción de la figura de Tess, colgó la señora Durbeyfield un capote negro por detrás de la ventana para convertir en reflectores las vidrieras, como hacen las aldeanas. Y luego bajó a hablar con su marido, que estaba sentado abajo.


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