Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Nada, Durbeyfield —le dijo como fuera de sÃ, de puro alegre—, que si no se enamora de la chica es que no tiene corazón. Sin embargo, no vayas a decirle nada a Tess de lo que le ha gustado a él ni de la oportunidad que tiene. Es tan particular, que podrÃa tomarle antipatÃa y hasta arrepentirse a última hora y decir que no iba… ¡Como la cosa salga bien, vaya si voy a darle las gracias al párroco de Stagfoot por habernos dado esa noticia!… ¡Qué buen hombre es!
Pero a pesar de todo esto, según se iba acercando la hora de la partida, pasado el alborozo que le produjera el ver tan emperejilada a su hija, un triste presentimiento se apoderó del ánimo de Joan, moviéndola a acompañar un trecho a la chica hasta aquel punto en que la cuesta que parte del valle comienza a ascender hacia el mundo exterior. En lo alto encontrarÃa Tess el carro enviado por los Stoke-d’Urberville; el equipaje habÃa ido allá por adelantado, conducido en una carretilla por un chico.
Al ver a su madre ponerse el sombrero, se empeñaron los pequeños en acompañarla.
—¡Yo quiero ir también con Tess, ahora que se va a casar con el caballero primo nuestro y va a vestir de tiros largos!