Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —No —exclamó Tess sonrojándose y volviéndose de pronto—. ¡No digáis más desatinos! ¿Pero cómo les ha podido usted meter tal cosa en la cabeza, madre?
—No, mirad, niños, a lo que va Tess es a servir en casa de esos parientes ricos y a reunir dinero para comprar otro caballo —dijo la señora Durbeyfield para poner paz.
—¡Adiós, padre! —dijo Tess con un nudo en la garganta.
—¡Adiós, hija mÃa! —dijo sir John, levantando la cabeza que tenÃa caÃda sobre el pecho, e interrumpiendo su sueñecillo, causado aquella mañana por algún exceso, en honor a las circunstancias—. Espero que mi joven pariente encontrará de su agrado este hermoso ejemplar de su propia sangre. Y a propósito, Tess, puedes decirles que, habiendo venido muy a menos de nuestra antigua grandeza, les vendo, si quieren, el tÃtulo… SÃ, y a un precio bastante puesto en razón.
—¡No por menos de mil libras! —exclamó lady Durbeyfield.