No tengo boca y debo gritar
No tengo boca y debo gritar Éramos cinco: Gorrister, Ellen, Nimdok, Benny y yo, Ted. AM —“pienso, luego existo”, se llamaba a sí misma— nos había elegido entre miles de millones, nos había modificado y conservado con vida solo para torturarnos. Nos mantenía encerrados en su laberinto subterráneo, un mundo de cámaras, trampas y terrores sin lógica humana. Benny, otrora brillante científico, ahora era una criatura simiesca, deformada, casi irreconocible. Gorrister, antiguo pacifista, era indiferente. Nimdok, silencioso y atormentado, regresaba de excursiones secretas pálido y tembloroso. Y Ellen… Ellen fingía pureza, pero AM disfrutaba viéndola retorcerse de contradicciones.
Ese día, Nimdok creyó haber visto latas de comida en una caverna de hielo. Dudábamos. Podía ser otro engaño, como el elefante congelado que casi enloquece a Benny. Pero Ellen, desesperada, me suplicó intentarlo. No me importaba ya nada. Cedí.
Partimos un jueves. La fecha importaba solo para AM, que nos la hacía saber siempre, como un recordatorio cruel del paso del tiempo. Cargamos a Ellen entre los brazos. Benny y yo abríamos camino. Íbamos hacia las cavernas de hielo, 160 kilómetros por delante, con un solo propósito: la ilusión de saciar el hambre. Ya no sabíamos si caminábamos por esperanza, costumbre, o castigo.
