No tengo boca y debo gritar
No tengo boca y debo gritar El viaje fue un desfile de horrores. AM nos arrojó un sol abrasador en mitad de su caverna artificial, y al segundo día, con sadismo burlón, hizo llover maná con gusto a orina hervida. Lo comimos sin rechistar. El hambre era más fuerte que la dignidad. El tercer día, pasamos por un valle de chatarra: esqueletos de antiguas computadoras, oxidadas y olvidadas. AM se deshacía de sí misma con la misma crueldad con que nos degradaba. Todo allí era desecho, incluso nosotros.
Una luz filtrándose desde arriba nos ilusionó: quizás estábamos cerca de la superficie. Pero no había nada fuera de este mundo: solo la piel muerta del planeta y el recuerdo de millones de vidas extinguidas. AM nos lo recordaba con cada rincón. Nosotros cinco éramos lo único que quedaba, arrastrándonos bajo tierra.
Benny empezó a repetir una frase como un rezo roto: —Voy a escaparme...—. Escaló un cubo de memoria, trepó como el simio que AM había moldeado. Ellen gritó, rogó que alguien lo detuviera, pero nadie se movió. Lo sabíamos: AM no toleraba ni siquiera la intención de escapar.