La letra escarlata
La letra escarlata Cuando el joven ministro acabó de hablar se alejó unos cuantos pasos del grupo, y permaneció con el rostro parcialmente oculto por los pesados pliegues de las cortinas de la ventana, mientras la sombra de su cuerpo, que la luz del sol hacía proyectar sobre el suelo, estaba toda trémula con la vehemencia de su discurso. Perla, con la viveza caprichosa que la caracterizaba, se dirigió hacia él, y tomándole una de las manos entre las suyas, apoyó en ella su mejilla: caricia tan tierna, y á la vez tan natural, que Ester, al contemplarla, se dijo para sus adentros: "¿Es esa mi Perla?" Sabía, sin embargo, que el corazón de su hija era capaz de amor, aunque éste se revelaba casi siempre de una manera apasionada y violenta; y en el curso de sus pocos años apenas si se había manifestado dos veces con tanta suavidad y ternura como ahora. El joven ministro,—pues excepto las miradas de una mujer que se idolatra, no existe nada tan dulce como estas espontáneas caricias de un niño, que son indicio de que hay en nosotros algo verdaderamente digno de ser amado,—el joven ministro arrojó una mirada en torno suyo, puso la mano en la cabeza de la niña, vaciló un momento, y la besó en la frente. Aquel tierno capricho, tan poco común en el carácter de Perla, no duró mucho tiempo: se echó á reir, y se fué á lo largo del vestíbulo saltando tan ligeramente, que el anciano Sr. Wilson se preguntó si había tocado el pavimento con la punta de los pies.