La letra escarlata

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Había en mi ciudad natal de Salem, hará cosa de medio siglo, un muelle muy lleno de animación, y que hoy sucumbe bajo el peso de almacenes de madera casi podrida. Apenas se ven otras señales de vida comercial que uno que otro bergantín ó barca, atracado al costado del melancólico muelle, descargando cueros, ó alguna goleta de Nueva Escocia en que se está embreando un cargamento de leña que ha de servir para hacer fuego en las chimeneas. Donde comienza este dilapidado muelle, á veces cubierto por la marea, se alza un espacioso edificio de ladrillos, desde cuyas ventanas se puede disfrutar de la vista de la escena poco animada que presentan las cercanías, y de la abundante hierba que crece por todas partes, y han dejado tras sí los muchos años y el escaso movimiento comercial. En el punto más alto del techo del espacioso edificio de que se ha hecho mención, y precisamente durante tres horas y media de cada día, á contar del mediodía, flota al aire ó se mantiene tranquila, según que la brisa sople ó esté encalmada, la bandera de la república, pero con las trece estrellas en posición vertical y no horizontal, lo que indica que aquí existe un puesto civil, y no militar, del gobierno del Tío Samuel.3 Adorna la fachada un pórtico formado de media docena de pilares de madera que sostienen un balcón, debajo del cual desciende hacia la calle una escalera con anchas gradas de granito. Encima de la entrada se cierne un enorme ejemplar del águila americana, con las alas abiertas, un escudo en el pecho y, si la memoria no me es infiel, un haz de rayos y dardos en cada garra. Con la falta acostumbrada de carácter peculiar á esta malaventurada ave, parece, á juzgar por la fiereza que despliegan su pico y ojos y la general ferocidad de su actitud, que está dispuesta á castigar al inofensivo vecindario, previniendo especialmente á todos los ciudadanos que estimen en algo su seguridad personal, que no perjudiquen la propiedad que proteje con sus alas. Sin embargo, á pesar de lo colérico de su aspecto, muchas personas están tratando, ahora mismo, de guarecerse bajo las alas del águila federal, imaginando que su pecho posee toda la blandura y comodidad de una almohada de edredón. Pero su ternura no es grande, en verdad, aun en sus horas más apacibles, y tarde ó temprano,—más bien lo último que lo primero,—puede arrojar del nido á sus polluelos, con un arañazo de las garras, un picotazo, ó una escocedora herida causada por sus dardos.


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