Fenomenología del Espíritu

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Otro célebre mandamiento es: amarás al prójimo como a ti mismo. Está dirigido al individuo singular en su relación con otros individuos singulares, y lo afirma COMO una relación de singular a singular, o sea, como relación de sentimiento. El amor activo —pues un amor inactivo no tiene ningún ser, y por eso no es el que se quiere decir aquí íntimamente— persigue apartar el mal de un ser humano y hacerle el bien. Para este menester, hay que diferenciar cuál es el mal en él, cuál es el bien adecuado para hacer frente a ese mal, y cuál es, en general, su bienestar; esto es, tengo que amarle con entendimento; un amor sin entendimiento le hará daño, quizá más que el odio. Pero esta beneficencia esencial y con entendimiento, inteligente, es, en la más rica e importante de sus figuras, una actividad universal e inteligente[113] del Estado: una actividad comparada con la cual, la actividad del individuo singular en cuanto singular es, como tal, tan poca cosa que casi no merece la pena el esfuerzo de hablar acerca de ella. Mientras que esa actividad del Estado es de un poderío tal que si la actividad singular quisiera oponerse a él y quisiera, ya ser directamente un crimen de por sí, ya, por amor al otro, estafarle a lo universal el derecho y la participación que tiene en ese otro, sería completamente inútil, y quedaría destruida inexorablemente. A la beneficencia que es sentimiento no le queda más significado que el de una actividad totalmente singular, una ayuda de emergencia tan contingente como momentánea. Es el azar quien determina no sólo su ocasión, sino también si realmente es una obra, si no volverá a disolverse en seguida otra vez o si no se volverá más bien en un mal. Con lo cual, este actuar para el bienestar de los otros que se enuncia como necesario tiene tal hechura que quizá pueda existir, o quizá no; que, si por azar se da el caso, quizá sea una obra, quizá sea buena, o quizá no. De modo que esta ley tiene un contenido tan poco universal como la primera que hemos considerado y no expresa —como debiera hacerlo en tanto que ley ética absoluta— algo que sea en y para sí. O bien, en otros términos: tales leyes se quedan estancadas en el deber, pero no tienen ninguna realidad efectiva; no son leyes, sino nada más que mandamientos.


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