Fenomenología del Espíritu
Fenomenología del Espíritu Lo que pertenece al elemento de la representación, que el espíritu absoluto, en cuanto espíritu singular, o mejor dicho, en cuanto espíritu particular, represente en su existencia la naturaleza del espíritu, queda aquí traspuesto, entonces, a la autoconciencia misma, al saber que se conserva en su ser-otro; por eso, esta conciencia no muere efectivamente, tal como se representa que el particular ha muerto efectivamente, sino que su particularidad se muere en su universalidad, es decir, en su saber que es la esencia que se reconcilia consigo misma. El elemento del representar, que en principio era previo, es puesto aquí como cancelado, o dicho de otro modo, ha retornado al sí-mismo, a su concepto; lo que en aquél sólo es se ha convertido en sujeto.—Precisamente con ello, también el primer elemento, el pensar puro y el espíritu eterno que hay dentro de él no están ya más allá de la conciencia representante, ni del sí-mismo, sino que el retorno de todo hacia dentro de sí ha de contener precisamente todos estos momentos dentro de sí.—La muerte del mediador, cuando el sí-mismo se ha hecho con ella, es cancelar su objetualidad o su ser-para-sí particular; este ser-para-sí particular se ha convertido en autoconciencia universal.—Por otro lado, precisamente por eso, lo universal es autoconciencia, y el espíritu puro o inefectivo del mero pensar se ha hecho efectivamente real.—La muerte del mediador es muerte, no sólo del lado natural de éste, o de su ser-para-sí particular, no sólo muere la cáscara ya muerta, arrancada de la esencia, sino también la abstracción de la esencia divina. Pues, en la medida en que su muerte no ha completado todavía la reconciliación, el mediador es lo unilateral que sabe lo simple del pensar como la esencia, en oposición a la realidad efectiva; este extremo del sí-mismo no tiene todavía el mismo valor que la esencia; ésta sólo llega a tener al sí-mismo por primera vez en el espíritu. La muerte de esta representación contiene, entonces, a la vez, la muerte de la abstracción de la esencia divina, que no está puesta como sí-mismo. Esta muerte es el doloroso sentimiento de la conciencia desdichada de que es Dios mismo quien ha muerto. Esta dura expresión es la expresión del más íntimo saberse simplemente, el retorno de la conciencia a las profundidades de la noche del yo=yo, que ya no diferencian ni saben nada aparte de esa noche. Este sentimiento es, entonces, de hecho, la pérdida de la sustancia y del enfrentarse de ésta a la conciencia; pero, al mismo tiempo, es la pura subjetividad de la sustancia, o la certeza pura de sí mismo, certeza que le faltaba en cuanto objeto o en cuanto lo inmediato, o en cuanto la esencia pura. Este saber, entonces, es la espiritualización por la que la sustancia se ha hecho sujeto, su abstracción y falta de vida han muerto, y ella, entonces, ha devenido efectivamente real, ha llegado a ser autoconciencia simple y universal.